Filosofía de cantina


En una noche tranquila y estrellada, en una ciudad pequeña y turística se encontraba Rogelio Méndez en su hogar, Rogelio era un joven de veintidós años con apenas la secundaria terminada. Él se arreglaba para salir como lo hacía todos los viernes. Él es el típico joven que salía a divertirse los fines de semana tras haber laborado en la semana. Él tenía una peculiaridad, la cual era el gusto por la literatura. Ésta era una verdadera peculiaridad debido al grado de estudios que poseía, y además desempeñaba una orgullosa labor de albañil, no era común el amor que le tenía a la literatura universal con autores como Shakespeare, Goethe o Dumas…

Rogelio apaciguaba sus pasiones a través del alcohol. El método siempre fue efectivo y recurrente al punto de concebir una filosofía, la filosofía de cantina, para la cual, él sabía que el principal y único medio era el alcohol, lo único que podía satisfacer sus pasiones. Él concebía a las aves en una jaula, dichas solo eran capaces de salir únicamente con la bebida, como si el estado etílico en las aves pudiera ser la llave para su libertad, pero Rogelio sabía que con esta filosofía solo podía complacer a una persona, a él. 

Saliendo de su hogar a Rogelio lo saludaban, pero este casi nunca devolvía los saludos, era muy introvertido, una razón más a favor de  los efectos de la bebida, ella lo ayudaba a ser extrovertido. Seguía su camino para pasar por sus dos fieles acompañantes que iban en busca de complacer sus deseos y pasiones. Sus amigos eran Paco, un joven relajado e introvertido que hacía para Rogelio una excelente compañía, siendo éste también compañero de trabajo. Después Martín, él al contrario estudiaba historia y al igual que Rogelio tenía un gran gusto por la literatura. Al encontrarse los tres jóvenes, emprenden su camino hacia los bares y cantinas, nunca hubo una salida planeada, todo se desenvolvió espontáneamente. Ellos creían que lo no-planeado era mejor.

Rogelio siempre comparaba las novelas que leía con su vida, pensaba que sus amigos y él eran los mosqueteros de Dumas. Las noches bebiendo y disfrutando abrían la posibilidad de todo, desde pláticas filosóficas hasta las más banales. Todo era posible cuando las aves estaban fuera de su jaula. Durante esas pláticas Rogelio nunca dejó de expresar su filosofía de cantina. Paco y Martín siempre atentos le escuchaban por la pasión con la que lo explicaba; siempre con la misma forma de empezar y acabar, pues todas las veces terminaba diciendo "esto es pues, la filosofía de cantina, la filosofía del egoísta". Para los jóvenes la bebida era también libertad, o eso creían. Transcurrida la noche, las aves fueron complacidas y regresaron a su jaula para reposar toda la semana esperando volver a ser complacidas como era de costumbre cada fin de semana con las altas horas de noche siendo su escenario.

Los tres jóvenes se preparaban para descansar. Como cada semana de labor, Rogelio se iba temprano para regresar a las seis de la tarde, pues siempre comía en su hogar y le gustaba llegar a tiempo. Al terminar de comer Rogelio subía a complacer al ave de la literatura. Conforme avanzaba la semana, las aves se alborotaban.

Todo transcurría normal en la semana de Rogelio -llegaba, comía y leía- hasta que el jueves llegó, la semana casi culminaba, "El Fausto" de Goethe. Así pues llegó el jueves y sucedió algo anormal, ese día no estaba como de costumbre su madre sirviendo la comida, lo notó al verla a través del vidrio hablando con alguien más. Al entrar Rogelio se pasmo, la vio, una joven de bella silueta, ojos claros preciosos y aún más bella de rostro. Él saludó y ella le sonrió cordialmente. Rogelio subió inmediatamente a su dormitorio, se sentía extraño, no solía sentir lo que sucedía cuando conocía chicas, mucho menos menores que él pues ella lo era, por un año o dos. Para Rogelio conocer una chica siempre le suscitaba algo, es decir, en su jaula un ave se alborotaba. De esta forma, se le produjo la necesidad de invitar a la chica que conoció para salir el fin de semana a beber, y con ello complacer al ave del erotismo. En esta ocasión fue diferente, no solo ninguna se alborotó sino que hubo calma y un leve silbar por una de ellas. Tras esta anomalía, Rogelio cedió al hambre a pesar de su pena, bajó y se mantuvo callado mientras la observaba y escuchaba atentamente, así transcurrió la cena.

Al subir ella lo acompañó por petición de su madre, subieron y no hablaron, el hacía como si estuviera solo, tomó un libro y se le cayó el separador, sin tomar importancia lo abrió en cualquier página mientras la miraba de reojo, ella sonreía, el silbido aumentaba en el ave. 

Así pasó su tiempo de lectura y ella bajó. Él intrigado por todo logró escuchar…

- Adiós, Clara - dijo la madre de Rogelio.

Rogelio sonrió.

Tras esta anomalía en su vida, Rogelio recordó lo sucedido con la amada de Fausto y tomó una flor, antes de entrar a su casa después del trabajo.

- Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere - comenzó a decirse.

Al terminar, obtuvo un encantador me quiere, entró con una frágil sonrisa en su rostro y ahí estaba ella también con una sonrisa. Así, pues, transcurrió la comida y el silbido de las aves era aún más armonioso. Lo más asombroso era que no había revuelto en las demás aves. Prosiguió la comida, él subió acompañado de Clara, por petición de su madre, y ahora tomó un libro de poesía de Jaime Sabines, ella sonreía y él la veía de reojo, así transcurrió el tiempo de lectura.

- Quédate - le dijo en voz baja antes que ella bajara.

 Ella volteó y sin sonreír quedó apenada, bajó.

- Adios Clara - dijo la madre de Rogelio.

 Rogelio no supo cómo manejar eso y lo tomó como un rechazo, era viernes y esta vez una de las aves estaba alborotada, en ese momento arrebatado por los sucedido, supo que Clara no era compatible con su filosofía de cantina, del egoísta. Salió, fue con Paco y Martín, y bebieron. Rogelio liberó a las aves de la jaula por medio de la bebida, esta noche no hubo complacencia en las aves de Rogelio, se mostró molesto y triste. Sus amigos sorprendidos por su extraño actuar le preguntaron qué sucedía, él siguió callado y bebió.

Así pasó la noche, con las aves afuera pero aún sin ser complacidas. Al siguiente día, Rogelio con humor de desconsuelo tomó un libro de poesía de Neruda.

- “Puedo escribir los textos más tristes esta noche...” - Leía Rogelio.

Tras una larga meditación, lo obtuvo, supo que era tiempo de otra filosofía, una filosofía para dos, notó que la llave que tenía ya no le servía para esta nueva filosofía.

Llegada la noche Rogelio pasó por sus amigos como de costumbre. No interrogaron a Rogelio, fueron al bar, esperaron a que el alcohol hiciera su efecto. Así Rogelio dejó salir a las aves, y les explicó lo acontecido en la semana.

- Ahora amigos - decía Rogelio - es momento de una filosofía del amor.

Sus amigos impresionados por la pasión de esta nueva filosofía escucharon sin interrumpir. 

Paco y Martín un poco tristes, pero a la vez contentos con su amigo lo entendieron y Rogelio les comentó que tal vez el próximo fin sería el último, ellos entendieron y disfrutaron. Las aves esta vez regresaron complacidas, las que tenían que estarlo. Pasó el fin de semana y Rogelio ahora esperando con ansias ver a Clara para poder empezar esta filosofía, de nuevo se escuchaba ese silbido en la jaula. 

Así pues Rogelio llegó a la misma hora y ella no apareció, el martes lo mismo. Comenzaba a sentirse decepcionado, pero con fuerza por su nueva filosofía del amor en donde, ahora, lo importante era complacer a los dos. Las noches de esos días fueron de poesía. Llegó el miércoles, tampoco aparecióm pero él se mantenía firme. Llegado el jueves ella apareció, él por dentro lo sabía y confió, se dio la recompensa, entró a su casa, comieron, pero esta vez él estaba feliz, su madre lo notó en seguida y lo entendió, su hijo está enamorado.

Subieron y esta vez las aves volaron fuera de la jaula sin alcohol. Estando en su dormitorio Rogelio no tomó libro alguno, habló con Clara.

- Compañera - dijo él - usted sabe que puede contar…

Rogelio le recitaba un poema. Clara sonrojada y feliz de pronto bajó la cabeza. Él sorprendido preguntó si todo estaba bien y afirmó, aseguró que estaba más que bien. Le explicó que sus sentimientos por él eran igual de buenos, no obstante, no podrían estar juntos ya que por el trabajo de sus padres ella nunca se establecía en una ciudad. Él no sabía cómo manejar esa inmensa felicidad de correspondencia y la tristeza de la temporalidad. Clara lo calmó, le contó sobre el mercado que ella frecuentaba donde ayudó a una señora con sus bolsas. Un día, la señora la invitó a comer, esta señora era la madre de Rogelio,

- El destino dijo ella - hizo que nos conocieramos. Tienes que confiar de nuevo en el destino.

Rogelio calmado cerró la jaula y sus aves descansaban. Clara antes de irse le dio un beso y le escribió una nota. Tras la salida de Clara, al leer la nota se dio cuenta de que era su dirección con algo escrito a un lado, "te espero esta noche" decía la carta.

Llegó a su casa a la media noche, ella tenía una escalera lista hacia su ventana. Rogelio no pudo evitar pensar en Romeo y Julieta de Shakespeare, y así fue como sucedió en la historia de Romeo y Julieta, de igual manera se consumó su amor entre Clara y Rogelio. Antes de irse vio esa sonrisa cordial y cerró la jaula con las aves complacidas. Este era el tiempo de la mejor filosofía, pensaba.

Al siguiente día, llegado el viernes llegó a su casa con un ramo de flores pero ella no estaba. Rogelio pensó lo peor, comió poco y se subió. Su madre no le cuestionó pues lo entendía. Rogelio reflexionaba sobre su ausencia. Cayó la noche y era momento de ir con sus amigos, según él la última, se arregló antes de bajar corrió una carta bajo su puerta, la abrió y era una carta de Clara. Rogelio sonrió y extrañado se asomó y la vio con las flores.

- ¡Cuidate Clara! - él gritó - Confiemos en el destino.

Clara sonrió

- La carta - ella respondió.

  Rogelio confundido pero sin alboroto se despidió y leyó la carta. La carta explicaba el porqué de su despedida. También decía que gracias a él, ella entendía la filosofía del amor que le explicó y no entendió hasta ese momento.

Rogelio estaba feliz y triste a la vez, sin embargo, finalmente estaba calmado. Rogelio terminó yendo con sus amigos, llegaron al bar, tomaron, él les anunció que había regresado a su antigua filosofía. En la otra él necesitaba de ella. Rogelio regresó a su filosofía de cantina esperanzado el regreso de aquella. A su regreso retomaría, según él, la mejor filosofía, claro que no demoraría en regresar. Terminó la noche y Rogelio abrió su jaula, les esperaba un grato fin de semana a las aves.

- ¡Salud!

 

 

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Acerca del autor

Estudiante de la vida, Obed Betancourt fue y es estudiante de filosofía (2014-2019), Derecho (2016- ) y las vicisitudes de la nuestra época, vivió uno de los temblores más memorables de la década de la ciudad, de México, oriundo de la misma, disciplinado y con gusto por conocer mentes distintas, siempre con algo que aportar y con la expectativa de algo nuevo por escuchar.


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