Y luego de todo esto… Una reflexión de Francisco de León


Y luego de todo esto… ¿cómo haremos para volver a encontrarnos?

 

"En un segundo escalé el terraplén, y, de pie en la cima, pude ver el interior del reducto. Era un amplio espacio en el que yacían en desorden los gigantescos mecanismos, entre enormes montones de materiales y restos de formas extrañas. Luego, desparramados aquí y allá, algunos en sus máquinas de guerra derrumbadas, o en las máquinas automáticas, rígidas ahora, y otras, una docena, silenciosos, duros y alineados, estaban los marcianos muertos por los bacilos de los contagios y de las putrefacciones, contra los cuales no habían hallado defensas sus organismos; vencedores de los hombres, habían sido a su vez vencidos por las ínfimas criaturas que la Divinidad, en su suprema sabiduría, coloco sobre la Tierra.[2]"

H. G. Wells

 

 

Desde la primera vez que leí La guerra de los mundos, hace ya casi treinta años, al comentarla con amigos, siempre en algún momento alguien terminaba por decirme que el final le había resultado, cuando menos, ridículo. Lo mismo ocurrió luego de ver las dos adaptaciones cinematográficas más conocidas: la dirigida por Byron Haskin en 1953 y la de 2005, realizada por Steven Spielberg. Al parecer la idea de que seres tecnológicamente tan avanzados venidos del planeta vecino fueran derrotados por seres microscópicos es para muchos un absurdo mayúsculo. Y es que, ¿cómo es posible que una especie poderosa cuya existencia está basada en el cálculo y la estrategia militar no haya previsto la existencia de los diminutos enemigos?

Siempre he supuesto (y algunos me lo confirmaron) que a muchos de esos lectores o espectadores inconformes les habría gustado una trama de esas a las que Hollywood nos tiene tan acostumbrados; esas en las que el espíritu y la voluntad humanas saben vencer toda prueba que se les opone en el camino (como ocurre en la terrible pero muy taquillera Día de independencia de Ronald Emerich); narraciones en las que unos se sacrificarán, otros sobrevivirán para contar la historia y en que uno o unos cuantos (los menos) serán los héroes que darán el golpe definitivo que defina nuestra victoria como terrestres. A mí, por el contrario, el final de la novela me parecía, aún me parece, brillante: el gigante destructor vencido por aquello que no está frente a su mirada ni en sus cálculos me es tan atractivo como el ser humano que sobrevive por una especie de azar que lo enfrenta a su propia vulnerabilidad, que lo obliga a reconocerse no como la cumbre de la creación o como el gran imperio (como lo era la Inglaterra de Wells), sino como seres por demás frágiles.

Hace unos días, cuando el estado de emergencia frente a la rápida ola de contagios del Covid-19 (Coronavirus) crecía, el tema de la novela apareció de nuevo. Y es que, ciertamente, entre las muchas lecturas que podemos hacer de la novela, que como todo clásico nos permite atrever nuevas formas de contacto, se encuentra aquella en la que podríamos pensarnos (sí, a nosotros… que habitamos este mundo devastado por lo imparable e incontrolable de nuestros deseos y de nuestras tecnologías, hechas también para satisfacer esos deseos, los más personales y a la par, formados por un entorno publicitario) ya no como los humanos sobrevivientes, sino como esa especie conquistadora y ciega a lo que está más allá de su mirada (puesta sobre una pantalla). Y no, no pretendo en estas líneas dar un tono trágico definitivo a la crisis que estamos viviendo, pues aunque sé que nos resulta casi irresistible pensar en escenarios apocalípticos en este tipo de situaciones, creo que la reflexión sobre nuestra vulnerabilidad y el cuestionamiento sobre las dinámicas vitales que hemos generado, resulta mucho más rico en posibilidades.

Es indudable que nos encontramos en un punto fundamental y contrastante de la historia moderna: la tecnología digital, imparable en su crecimiento, la economía que aprovecha dichos avances para sus fines, comunicaciones y medios de transporte que acortan la distancia y los tiempos de acceso a información, contenidos y productos de todo tipo, y un largo etcétera nos han generado la idea de que hemos roto barreras que parecían infranqueables, que nuestros sueños de “globalización” han permitido sociedades más diversas, inclusivas y económicamente fuertes. Por ello, una crisis pandémica como la que enfrentamos entrada la nueva década luce como una falla, un accidente, lo cual permite pensar que entramos en una distopía de esas que la ciencia ficción nos ha llevado a imaginar. En las redes pululan memes, imágenes, frases que evocan obras de autores como Aldous Huxley, Phillip K. Dick y el siempre presente George Orwell; se les suman autores más recientes como Max Brooks (autor de la célebre Guerra mundial Z), o bien es posible hallar referencias a cintas o series televisivas como Contagio de Steven Soderbergh, The walking dead, entre otras, todo ello para hacer bien una reflexión o un golpe de humor acerca de la situación presente, para tratar de calmar un poco los ánimos alterados ante las circunstancias. Sí, nos gusta imaginar que los accidentes que enfrentamos son dejos de la distopía por venir, pero… ¿y si ya desde hace tiempo vivimos en esa distopía y más bien nos negamos a reconocerla? ¿Será acaso que esperábamos que la distopía fuera más espectacular, más entretenida al menos? ¿Será acaso que resulta decepcionante la falta de zombis, extraterrestres y otros monstruos? Tal vez nos acostumbramos tanto a estos espectáculos que olvidamos tomar en cuenta que el factor verdaderamente común en todas esas narraciones es que los poderes de la distopía obran sobre la vida cotidiana, es ésta la que se verá profundamente transformada. El gran éxito de Black mirror (en sus temporadas pre-Netflix, sobre todo) radica no tanto en lo asombroso que resulta el imaginario tecnológico, sino justo en el cómo esa tecnología altera y, de hecho, posee la vida cotidiana. Incluso una serie tan francamente mediocre como The walking dead (en su primera temporada, al menos) capta que lo aterrador de la situación para sus protagonistas es hacer la vida cuando la amenaza se encuentra afuera, tocando a la puerta.

Nuestra idea de distopía nos lleva a pensar que la amenaza se encuentra en el futuro, siempre en el futuro. Pero…

Habitamos la distopía. Su carácter es cotidiano. Confundimos la calidad de vida por la capacidad de consumo, sujetamos la existencia toda al vertiginoso ritmo de la producción, la competitividad y la conectividad; obligamos a la naturaleza a entrar en los mismos ciclos, impidiendo así que sus periodos de reproducción se cumplan. Toda forma de vida queda encerrada, así, en la categoría de los conceptos de recursos humanos y recursos naturales. Es decir, elementos prescindibles y sustituibles en cualquier momento. Afirma Jorge Veraza:

 

"La gran industria se mueve con insumos de la naturaleza, y los ciclos de reproducción de estos insumos no son ciclos homogéneos, abstractos, sino naturales, Los bosques se reproducen secularmente, no anualmente, como quisiera el capitalista que explota los bosques; los suelos se reproducen cada 30 o 50 años, no anualmente como quisiera el capitalista que explota la agricultura, etcétera. Los ciclos de reproducción de la naturaleza no son tan rápidos como el ciclo de rotación del capital en las diferentes ramas de la economía. Estas diferencias suscitan necesariamente una contradicción entre el dominio del capital industrial y los ciclos biológicos del planeta.

La crisis ecológica es entonces producida sistemáticamente por el capitalismo, no es un error de diseño sino un ingrediente esencial, connatural, inherente a la estructura de la producción capitalista.[3]"

 

 

Nos encontramos, así, en una situación en la que la vida, toda se deteriora. Para los ideólogos y defensores del capitalismo crisis sistemáticas como las actuales (calentamiento global y otras catástrofes ecológicas, pandemias) son sólo errores de cálculo causados por el comportamiento de las poblaciones, por la transformación de los hábitos de vida y consumo, por lo tanto, en sus análisis y posibles soluciones no cabe sino hacer recomendaciones que cada individuo debe de respetar y poner en práctica para “mejorar” la situación: dejar de usar popotes, consumir productos orgánicos, hacer “homeoffice”, mantener distancia social son, para jugar con la idea planteada por Mark Fisher en K-Punk, soluciones técnicas (que no hacen sino cambiar unos nichos de mercado por otros), mismas que el sistema usa ante su incapacidad de comprender un problema desde perspectivas no económicas. Y no, no se trata aquí de poner en duda, por ejemplo, las recomendaciones sanitarias para la crisis actual. Se trata más bien de una invitación al reconocimiento de que al hablar de estos temas es habitual que la maquinaria mediática capitalista reduzca el origen y la solución de todo conflicto a lo individual, en lugar de cuestionar los medios de producción que desencadenan los acontecimientos que enfrentamos, impidiendo así, toda reflexión y acción política conjunta. Como ejemplo baste recordar que cuando ocurrieron catástrofes en las plantas nucleares de Chernóbil y Fukushima (por mencionar sólo un par) se afirmó que se trataba de errores no sólo humanos, sino individuales (o de una cadena de sujetos) y burocráticos, sin cuestionarse la viabilidad de la manutención de plantas nucleares de esas proporciones a pesar de sus constantes fallos, ni mucho menos destacando que esos errores burocráticos están en la base del propio sistema.

Esa es la misma actitud que hoy prevalece ante las crisis que enfrentamos: ¿La enfermedad existe? Por supuesto. ¿Es necesario mantener los cuidados y precauciones recomendadas? Sin duda alguna. Pero aunado a ello es necesario considerar que todas las prácticas de producción que el capitalismo ha introducido en nuestro cotidiano son las que generan el deterioro de la vida toda. Habría que cuestionar el carácter “accidental” con que se inviste acontecimientos como la actual pandemia, máxime en tiempos en que la mediatización contemporánea, en sus formas digitales (sobre todo) se convierte no en medio de información, sino de propaganda y promoción. Habla Paul Virilio:

 

“Crear un acontecimiento”[4] significa hoy, ante todo, romper el mimetismo, la construcción de modelos publicitarios, esa propaganda pronto cibernética que es, sin duda, la más importante de las poluciones, una polución ya no ecológica, sino ETOLÓGICA y mental que acompaña la globalización de los comportamientos sociales.

Se quiera o no, crear un acontecimiento es, en lo sucesivo, provocar un accidente.

En un periodo de la HISTORIA en el que el PRESENTE (el live) se impone tanto sobre el PASADO como sobre el FUTURO, el acontecimiento ya no es “inocente”, es culpable, culpable del desviacionismo, de revisionismo con relación al pensamiento monocefálico de la era de la modelización global.

Crear el acontecimiento implica, entonces, rechazar aquello que es sólo una “tercer-mundialización de las sociedades humanas”, el pasaje de la EXOCOLONIZACIÓN de los últimos imperios a la ENDOCOLONIZACIÓN del imperio terminal.[5]"

 

 

Es decir, crear un nuevo sentido de Acontecimiento que delate la situación presente como una fractura de la vida cotidiana. Si el acontecimiento va a tener un carácter accidental deberá referirse no a una falla burocrática o individual, sino a sus fuerzas de transformación que nos obligan a encararlo y no simplemente a ceder a soluciones técnicas que nos prometen, disfrazadas de seguridad, un futuro mejor, pero sobre todo, una vuelta a la normalidad. Y ahí lo más importante: se trata de reconocer que luego del Acontecimiento, del accidente, no existe, ni debe existir, una vuelta a la normalidad, porque esa normalidad provocó el accidente en primer lugar.

Pero ¿cómo generar ese nuevo sentido del Acontecimiento si habitamos la distopía?

Para el momento en que escribo estas líneas, tanto la red, así como medios impresos están plagados de teorías acerca del cuál fue el origen del virus Covid-19: que si el consumo de murciélagos como fuente de alimento, que si se trata de un ataque biológico, y un largo etcétera. Si no se navega con precaución por los mares de información acerca del tema uno puede fácilmente perderse hasta topar con foros y páginas diversas en las que se presentan teorías de conspiración por demás alocadas. Mencionarlo parece baladí, pero lo cierto es que justo ese mar de informaciones y desinformaciones se han convertido en parte de nuestro cotidiano. Entre la broma, el meme, la información abiertamente falsa (pero que se viraliza), la “opinología” de las redes sociales nos hallamos, inevitablemente, ante una de las principales formas de polución que comenta Virilio en el texto ya citado. Ésta se vuelve una estrategia fundamental para el sistema, pues si la opinión (es decir la condición del yo como único límite de la experiencia) se impone sobre la decisión política, sobre la vuelta al terreno de lo público, los procesos de normalización de la catástrofe y la violencia se vuelven más sencillos y llevaderos, pues su carácter espectacular, visual, hiperconectado, lo aleja de la reflexión y lo convierte en objeto de consumo. Pero sobre esta conectividad volveré más adelante, por ahora me interesa centrarme brevemente en dos líneas de investigación acerca del origen del virus que dan luz sobre el constante deterioro de la salud bajo el capitalismo.

Es primeramente el Washington Times quien publica un artículo en que se habla de la posibilidad de que el Coronavirus es un arma biológica. Según el texto hoy eliminado[6] en la página del diario estadounidense (por razones que comentaré a continuación), el laboratorio nivel de seguridad BSL-4 del Instituto chino de virología, ubicado en las cercanías de Wuhan, es un lugar donde se experimenta con diversos agentes patógenos que, al ser liberados, pudieron ser los causantes de la enfermedad. De este artículo quedan rastros en los reportajes publicados en el diario y canal latinoamericano HispanTV[7], así como en los medios que el portal cita entre sus referencias. Esta teoría ha sido desmentida[8] por sitios especializados como Lancet.com[9] y otros medios[10], y allende verdades, revisiones críticas[11] y teorías de conspiración que pueden surgir desde dicho planteamiento, lo cierto, en primer lugar, es que el tema de la manipulación experimental de agentes patógenos ya está sobre la mesa. No es descabellado, por ello, pensar que nos aproximamos a un momento en el cual muchos de esos agentes patógenos pudieran ser liberados en el mundo debido a un “error humano” producto de un “error burocrático”. Y de nuevo, los defensores más acérrimos del capitalismo (que no necesariamente de la ciencia) dirán que eso es imposible, pues esos laboratorios tienen sistemas de seguridad más que imposibles de franquear. Pero a ellos habría simplemente que recordarles que eso mismo se dijo acerca de Chernóbil y de Fukushima y de tantos otros centros y proyectos que sufrieron “accidentes” debidos a “errores humanos y burocráticos”. En segundo lugar, aunque el origen del virus sea ajeno a un laboratorio militar, lo cierto es que forma ya parte de lo que teóricos como Achille Mbembé han llamado el estado de guerra permanente, mismo en el que la estrategia central es operar ya no solamente con invasiones militares, sino a través de la militarización de la existencia: guerra comercial, guerra racista, guerra mediática: los medios están plagados de notas que hablan del “virus chino”, lo cual permite configurar a un enemigo con rostro específico. Y el asunto se vuelve más complejo, como afirma Judith Butler:

 

"La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí sólo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo. Es probable que en el próximo año seamos testigos de un escenario doloroso en el que algunas criaturas humanas afirmarán su derecho a vivir a expensas de otros, volviendo a inscribir la distinción espuria entre vidas dolorosas e ingratas, es decir, aquellos quienes a toda costa serán protegidos de la muerte y esas vidas que se considera que no vale la pena que sean protegidas de la enfermedad y la muerte.[12]"

 

Entre las muchas lecciones que nos ha dejado el observar “en tiempo real” el avance de la pandemia es justo que las vidas más afectadas por la enfermedad son las de los ancianos y los enfermos, la de gente de escasos recursos que, a diferencia de la mayor parte de nosotros, no se puede dar el lujo de permanecer en casa pues deben presentarse a sus de por sí precarios trabajos con tal de llevar a casa el sustento necesario, pese al alto riesgo de contagio; también por supuesto la vida de los desprotegidos, los refugiados, esos que ni casa ni trabajo. Es decir, aquellos siempre rechazados por el sistema, los que, debido a sus circunstancias, no pueden ser integrados a la línea de producción. Las otras muertes, las que no pertenecen a estos grupos de rechazados, son simplemente, bajas inesperadas, no deseadas, pero necesarias para mantener el equilibrio del sistema.

En tercer lugar, y no menos importante, la puesta en juego de los agentes patógenos lleva a una reflexión más acerca del origen del Coronavirus que, en su sencillez, es más que plausible y antes que alejarse de lo anteriormente expuesto, lo enfatiza y lo conduce a su dimensión más cotidiana:

 

"Rob Wallace, biólogo evolutivo de la Universidad de la Universidad de Minnesotta y autor del libro Big farms make big flu[13], afirma que las grandes crisis sanitarias, en particular las relacionadas a enfermedades como el SARS, la influenza porcina, el ébola y, de hecho, el Coronavirus[14] deben atribuirse al modo de producción capitalista y específicamente a la agricultura industrial. Wallace explica que lo que hace este tipo de agricultura es hacer que los individuos de una especie criada para su comercialización sean iguales entre sí. Por ejemplo, los pollos: debido a las exigencias de los mercados se requiere que tengan pechugas grandes, piernas y alones fuertes. Se les somete para ello a diversos tratamientos que impiden la variedad genética necesaria para que los animales combatan enfermedades a las que terminan por ser inevitablemente vulnerables, enfermedades que luego son transmitidas a los humanos. Y contrario a lo que se podría pensar, los cultivos no están exentos de la situación: el cultivo industrial requiere de grandes áreas para producir las cantidades necesarias para la distribución de alimento vegetal sobre todo en las concentraciones urbanas. Dichos terrenos no se limitan a los lugares de origen de los productos en cuestión, sino que son “adaptados” en geografías distintas. Para ello se devasta la nueva zona, o bien se cerca y delimita, lo cual aleja y redistribuye a especies que comúnmente habitaban el lugar y se alimentaban de la flora. Eso es lo que pasa, por ejemplo, en los campos de producción de aceite de palma, lugar en el que muchos murciélagos van a alimentarse sin el riesgo de que depredadores los ataquen, pero a costa de ver alterada su alimentación y de volverse proclives a diversas enfermedades que, de nuevo, son a la postre transmitidas a los humanos.[15]"

 

Las compañías dedicadas a la agricultura industrial argumentan constantemente que lo que hacen es cubrir una necesidad, pero en realidad atienden a las necesidades propias de enriquecimiento y de competencia dictadas por el mercado. En ese sentido, la relación entre la enfermedad y las prácticas de producción es innegable. En ese sentido, cambiar la dieta hacia lo “orgánico” puede volverse un gesto vacío pues el problema es que lo que consumimos está sujeto a los mismos modos de producción. El cambio de dieta de los individuos (sobre todo de las zonas urbanas) es, en muchos casos, no otra cosa que una mera transformación de nichos de mercado dentro del mismo sistema.

Enfermedad, deterioro del mundo, precariedad de la vida no son errores del sistema, son parte de su constitución.

La distopía que habitamos, como toda distopía, presume su traje de utopía.

En Safe and sound (dirigido por Alan Taylor), sexto episodio de la primera temporada de la serie Electric dreams (la cual está basada en textos de Phillip K. Dick) se presenta la historia de Irene y Foster Lee (madre e hija, respectivamente) quienes habitan en el Estado Unidos de un futuro no especificado. El territorio del país, a causa del supuesto incremento de ataques terroristas ha sido separado en dos tipos de bloque: uno urbanizado e hipertecnológico, en el que habita “la gente de bien”, en el que todos interactúan a través del uso de un dispositivo llamado Dex, el cual consta de un par de pulseras plásticas que cambian de color de acuerdo a la actividad que el usuario está llevando a cabo. El Dex es una hipérbole del teléfono móvil contemporáneo, con la diferencia de que, en lugar de tener una pantalla, genera una proyección holográfica que aparece frente al usuario. El aparato se vuelve indispensable, debido a que toda identificación y dato sobre el usuario se encuentra ahí almacenado. La entrada a escuelas y la solicitud de servicios están sujetas al uso del dispositivo. En los territorios en los que se usa el Dex, conocidos simplemente como “el Este”, las ropas que la gente viste son coloridas, drones surcan el cielo llevando pedidos de todo tipo, los alumnos de las escuelas aprenden a través de procesos de interactividad constante, los habitantes llevan relaciones abiertas y prácticas en las que es por demás aceptado que todo favor reciba una gratificación (especialmente sexual). Del territorio conocido como “el Oeste” o zona de burbujas (del que provienen las protagonistas) se sabe poco en el episodio; solo se sabe que ahí habitan los desplazados: los que decidieron llevar la vida libre de contacto con la hipertecnologización, los que por pobreza no pueden pagarlo, los desplazados, en fin. Se sabe además que la gente que habita el Este considera que los habitantes de las burbujas son terroristas. En las noticias se muestran imágenes de los ataques frustrados gracias a una tecnología que supuestamente detecta terroristas antes de que puedan llevar a cabo sus ataques.

Pronto Foster se siente rechazada por el mundo al que recién llega debido a que su madre es una activista que lucha por sostener los derechos de los habitantes de las burbujas y acusa al gobierno del Este de enviar drones para mantener una vigilancia constante. La adolescente, en su deseo de ser aceptada en su nuevo contexto compra un Dex, el cual no sabe usar. Recibe ayuda telefónica de un empleado llamado Ethan que pronto se gana la confianza de la joven y le ofrece ayudarla a encajar en su nuevo contexto, a pesar de que su intención es en realidad hacerla enloquecer e intentar el siguiente acto terrorista que será contenido por las autoridades y su avanzada tecnología.

Taylor logra generar en el episodio un ambiente asfixiante, opresivo, en el que la vigilancia opera de manera constante gracias a los drones “comerciales” que sobrevuelan la ciudad en todo momento. También a través de la interacción entre Foster e Ethan, que por momentos hace parecer que todo es alucinación por parte de la joven. Pero sobre todo, el director entiende bien el contexto en el que desarrolla la historia: en el ambiente que rodea a sus protagonista todo luce normal: la vigilancia, el acoso constante, las liquidez de las relaciones, son aceptadas a cambio de la sensación de seguridad.

No voy a entrar en detalle en lo irónico que resulta que una serie que se enfoca en criticar nuestro uso de las tecnologías digitales y que se enfoca en sus usos militares cotidianos (sobre todo a nivel vigilancia), sea distribuida en el servicio de streamming de Amazon, pues sería tema para otra discusión a fondo. Pero aprovechando que el chiste se cuenta solo, analicemos una vez más los aspectos cotidianos de la distopía que habitamos en presente.

Plantea Santiago López Petit:

 

"La época global no debe confundirse con la existencia de una economía mundializada. Ciertamente es verdad que hoy «por primera vez en la historia del hombre, cualquier cosa puede ser producida en cualquier parte y vendida en todas partes». Pero eso no es lo esencial. Lo verdaderamente importante es que en la época global el capitalismo y la realidad coinciden. La época global es, pues, antes que nada un punto de llegada. El resultado de una Gran Transformación que ha puesto fin a la alianza histórica entre estado del bienestar, capitalismo y democracia, que ha desarticulado a la clase trabajadora en tanto que sujeto político. En esta dinámica de disolución, la intervención de las nuevas tecnologías es fundamental. La Gran Transformación nos avoca a un mundo cerrado y sin afuera.[16]

Es decir, en primer lugar, que el capitalismo no es una entidad metafísica maligna y rectora del destino o un monstruo escondido abajo de la cama listo para asestar un golpe mortal. Es más bien, un conjunto de prácticas, de gestos, de dispositivos que operan sobre la vida cotidiana reduciéndola a operaciones de intercambio y consumo. Cuando López Petit habla del momento de coincidencia entre el capitalismo y la realidad, se refiere entonces al momento (presente) en que toda nuestra relación con el mundo está mediada por los conceptos y las prácticas de intercambio del capital: el tiempo de ocio, tan caro para las luchas obreras de inicios del siglo XX, se convirtió de a poco en tiempo de consumo. Es difícil pensar en que los trabajadores, luego de sus extensas jornadas de trabajo se dediquen a actividades alejadas del intercambio comercial. Hoy en día, más que nunca, nuestro ocio es moneda de cambio: sentarse frente al televisor o la pantalla del ordenador para entrar a Netflix o a cualquier otro servicio de entretenimiento, lo mismo la pantalla del celular que con cada interacción produce un torrente de datos, que son la nueva moneda de cambio. La publicidad se ha transformado tanto desde la aparición de los medios digitales que ya no se requiere de comerciales que nos traten de convencer de adquirir tal o cual producto, sino que, a través de los dichos datos, se identifica los gustos y las afinidades del usuario de manera que se genera la ilusión de un mundo más abierto, cuando lo que existe en realidad es una serie de nichos de mercado cada vez más variados y específicos. Lo mismo al tratar de salir a las calles, que se han convertido ya no en lugares de convivencia, sino de tránsito y marketing abarcador. Los centros comerciales, no es casual, adoptan los nombres de los espacios que históricamente pertenecieran a la actividad comunitaria y política, a la naturaleza y la contemplación, incluso: plaza, patio, forum, Ágora, Oasis se convierten en lugares de concentración económica y ya no de encuentro comunitario. Es decir, se construye un nuevo imaginario que concibe el espacio público sólo como espacio de consumo.

Incluso el activismo entra en la ecuación: marchas, encuentros y hasta los más mínimos gestos de solidaridad son inmediatamente mediatizados. La cámara está siempre presente, vigilante, atenta, en aparente concordancia con las emociones del momento, con la euforia y la reflexión, pero confirmando que no se trata sino de un paso con rumbo a la nube. El gesto mediático se viraliza (curioso término dadas las circunstancias) primero y luego se normaliza. Y eso no quiere decir que nuestras causas hayan perdido su legitimidad, o que habría que renunciar a ellas. No. Significa simplemente que debemos reconocer que el medio transmite un gesto incompleto, que obliga a un decir que se contagia, y que por ello se convierte en un nuevo producto, objeto de consumo del mercado de las ideas y las causas. Lo mismo ocurre, de hecho, con la vida personal; se nos obliga ya no sólo al diseño de sí que plantea Boris Groys, sino al constante decir, ofrecerse uno mismo a la vigilancia de sí y los otros. Se trata del reconocimiento, de nuevo, de que todas las dimensiones de la vida participan de las dinámicas del capital. A partir de la parte final de la década del sesenta que señala López Petit, como respuesta a los movimientos estudiantiles y obreros que tuvieron lugar por todo el mundo, la función del poder se transforma, pues…

"(…) el poder no reprime, o de que sólo reprime secundariamente. ¡Y qué hace? Hace algo mucho más profundo y sin duda más terrible que la represión: forma, modela. No hace callar, sino algo peor, hace hablar. El poder disciplina, normaliza. La represión es completamente secundaria por relación a las operaciones positivas del poder. El poder no reprime; disciplina, administra, controla, normaliza, etc. No hace callar, hace hablar. No impide actuar, hace actuar.[17]"

 

Y hablamos, actuamos, nos mostramos como un yo que emprende, que se diseña, se crea y se recrea, que lucha; porque el yo es también un producto, objeto de consumo para los otros. Y como todo producto debe causar atracción, atención. Ser público es hoy estar constantemente expuesto, en conexión permanente. Ya no miembros de una comunidad, sino parte de una conectividad en la que «El proceso de significación a través del cual producimos sentido, y en consecuencia sociedad, pierde la flexibilidad que pertenece a la esfera de lo sensible y se transforma de acuerdo con un formato conectivo, incapaz de elaborar emocionalmente y que se hace cada vez más compatible con secuencias computacionales.»[18]

Se genera la ilusión de la diversidad, pero esa diversidad es cada vez más homogénea, global: mercantilización y exotización de las costumbres locales (desaparición del oficio y aparición del negocio ecofriendly, de comercio justo, sustentable, etc.); festivalización y organización en sistemas de becas y competencias para el arte y la cultura (el artista como profesional); segregación institucionalizada de las culturas originarias (turismo de masas, creación del “pueblo mágico); educación ceñida a la competencia (mercado de las ideas). Es decir, todo aquello que resultaba incómodo al sistema, de donde surgía la crítica, es acotado en un modelo de negocios manipulable y normalizado.

En la distopía que habitamos la existencia no se vive, se administra, se gestiona…

Y es eso justamente con lo que ocurre también con la pandemia, ese accidente que altera la vida: el capitalismo se da a la tarea de administrarla. En México, Europa y Estados Unidos la visión es clara: hay que volver lo antes posible a la producción, evitar que la economía (que se encuentra en este momento por encima de la vida) se detenga…

 

"Se puede gestionar: la idea de la gestión es la “regulación” de lo que pasa para “volver a la normalidad”. Lo que pasa es un hecho aislado y sin historia, se puede conjurar y neutralizar. Las respuestas a las crisis en cuestión se dan en el mismo marco de lo existente.

Un “poder de salvación” administra nuestro miedo y nos promete la supervivencia a cambio de obediencia. La supervivencia, por cierto, será sólo de los más aptos. Porque la lucha de clases -o el conflicto social, si queremos hablar de otra manera- atraviesa en verdad la gestión y las medidas. Hay “inmunizados” (que se pueden proteger) y “expuestos” (que enfrentan la crisis a pelo y caen como moscas, objetos de las propias medidas de “salvación del cuerpo colectivo”: recortes, etc.)

La gestión es un “bucle”: oculta y tapa las preguntas radicales sobre las causas y las condiciones de los desastres y así las reproduce, preparando de tal modo nuevos episodios desastrosos.

(…)

La gestión instala un monopolio sobre la descripción de lo que pasa: “es así”, “obediencia o muerte”. Quien tiene el monopolio de interpretación -y de la experimentación práctica consecuente- tiene el poder.[19]"

 

 

En esta extensa cita se delata de lleno la actitud de gestión que ofrece el sistema para la crisis presente: Entre los expuestos estarán, se ha dicho ya, los pobres, los que no pueden pagar para garantizar su salud, los ancianos, que desde hace tiempo han dejado de ser productivos y, por tanto, útiles al sistema; los de antemano enfermos, que tampoco pueden entrar en competencia debido a sus flaquezas. Es decir, los no aptos. Entre los “inmunizados” estarán, en primera instancia, los que pueden pagar por su salud, los de los espacios cerrados, “seguros”, privados, exclusivos (que no hay que perder de vista que proviene de excluir, dejar algo fuera); más atrás estarán los de la fuerza de trabajo educada, activa, de oficina, de aula. Esos cuya actividad es tan valiosa para sostener el capital, pero que no deben confiarse, ni descansar, porque para ellos siempre estará latente la caída de fuerzas, la enfermedad, la vejez. Es decir, todo aquello que los puede arrastrar durante el siguiente desastre (que, sabemos por seguro, va a ocurrir).

Escucho a los amigos, a conocidos y desconocidos que relatan cómo, por ejemplo, en España las más de las muertes han ocurrido no tanto debido a lo mortal de la enfermedad, sino al descuido en los servicios médicos provocados por los constantes recortes en el sector. Los médicos se ven superados al momento desde antes de tratar de ayudar a superar la crisis. Relatos de cómo se deja de atender a los más viejos para dar prioridad a los pacientes jóvenes, como si una vida tuviera más valor que otra. Relatos de cómo tantos y tantos ni siquiera pueden sepultar a sus muertos, pues no deben salir y congregarse para dar un último adiós, y los cadáveres se amontonan en espacios comunes, como si la muerte y el duelo fueran no más que una cuestión práctica, otra forma de intercambio mercantil.

Del otro lado nosotros, los del encierro, los entusiastas de las reuniones en Zoom, los que seguimos aumentando las ganancias de Netflix, Amazon, Facebook (y sus filiales), Uber Eats y otras empresas que se han visto profundamente beneficiadas de la catástrofe. Los que no dejamos de consumir… ni de producir: los del homeoffice. En ese panorama uno no puede evitar sentirse como sujeto de prueba de la nueva gestión del sistema: el trabajo (y el consumo) a distancia. La idea del trabajo desde casa es ya desde hace bastante tiempo un sueño del sistema. Nos lo presentan como un ideal: el trabajador puede estar en casa, organizar sus horarios, evitar incomodidades como el tránsito y, como en este caso, el contagio. Pero habría que pensarlo detenidamente; el homeoffice implica primeramente, la no distinción entre los lugares de trabajo y de descanso; implica además que por el mismo sueldo de mierda el trabajador es el encargado de pagar agua, luz, gas y demás gastos básicos de su área de “trabajo” y, finalmente, y lo más importante implica la conexión permanente, la imposibilidad de renunciar a la actividad laboral, pues en un sistema de competencias como el que habitamos, si no lo hacemos nosotros alguien más lo hará. Última conquista de la economía global: primero desaparición del espacio público, luego sumisión de la identidad colectiva e individual a los intereses del mercado, finalmente desaparición del espacio doméstico, renuncia definitiva a la intimidad.

Pero, afirman los defensores del sistema, hay una recompensa: quienes se ajusten a esas reglas ganarán su seguridad, su tranquilidad, pues el mundo se ha convertido en un lugar cada día más hostil.

Pero así como toda utopía es por principio un lugar imposible, ninguna distopía es un lugar inevitablemente cerrado.

Y entonces, luego de esto, ¿cómo haremos para encontrarnos?

Contrario a lo que muchos piensan, con la aparición de lo digital los cuerpos no han desaparecido. Se mantienen conectados al simulacro, pero no pueden habitarlo por completo. Sí, aspiran a ser más asépticos, más puros, a extender la juventud hasta el máximo posible, a alimentarse bien y sin falla, a ser, en fin, eficientes como la máquina. La salud, en el mundo contemporáneo, tiene más que ver con la eficiencia del cuerpo productivo que con la integridad vital. Es por ello que crisis como el calentamiento global, el imperio de la violencia y las pandemias funcionan como elementos de pánico, de aislamiento, nos invitan al encierro. Contraponerse a esta visión puede ser, y seguramente será, un acto suicida, pues nos encontramos en estado de emergencia. Pero, como afirma Rob Wallace — en la ya citada entrevista radiofónica — ,no podemos vivir permanentemente en estado de emergencia (lo cual no significa que no debamos responder a la emergencia que se presenta), pues el estado de emergencia oculta las preguntas necesarias para considerar ya no una solución técnica e inmediata de un problema, sino un elemento transformador de la realidad presente. Insiste en que un agente patógeno no es únicamente un problema orgánico, sino que se presenta como un espejo de la sociedad y de sus fallas y vicios constantes. La enfermedad que hoy nos aqueja es real, sin duda, pero sus dimensiones no sólo son de orden orgánico.

¿Qué haremos el día en que la crisis pase? Porque quiero creer que todos los presentes viviremos. Y es que creo que habrá que encontrar la forma de no simplemente sobrevivir, de volver a la normalidad, porque se ha dicho ya, la normalidad ya no es aceptable. Habrá que encontrar la forma de vivir. De perder el miedo a encontrarnos cara a cara, sin miedo al contacto, al apretón de manos, al abrazo, al beso, a la otra piel, el cuerpo entero (así de cursi que suena, pero tan cierto). Habrá que encontrar la forma de pensar en el otro ya no como un infectado, como portador de los males presentes, como el enemigo, sino justo como una Otredad que enriquece nuestra experiencia del mundo. En su texto El intruso, Jean Luc Nancy comparte sus reflexiones como sobreviviente (o viviente, así no más) de un trasplante de corazón. Relata cómo es que se halló a la espera de que su cuerpo no rechazara el órgano ajeno. Y es que es justo eso lo que puede matar al receptor: el hecho de que su propio cuerpo reconoce el nuevo órgano como un elemento extraño y se defiende contra él. La única posibilidad de supervivencia radica en el hecho de que el cuerpo termine por aceptar a ese “intruso” y lo integre a las funciones vitales. Sobra explicar la potencia ética de las reflexiones del francés.

Habrá que encontrar el modo de que nuestros gestos de solidaridad no sean “llamarada de petate”, como nos ocurre luego de cada catástrofe (como luego del terremoto en México hace casi tres años), para que no sean sólo mediáticos, sino que abarquen dimensiones y zonas que las cámaras y demás dispositivos cotidianos no alcanzar a abarcar. Y no, aunque así pudiera parecerlo esta no es una perorata en contra de las tecnologías digitales, o de la ciencia, de la economía incluso. Se trata más bien de, también desde el encierro, pensar en nuestra relación con las tecnologías, la ciencia, la economía y otras formas de saber: ¿Qué pasaría si se planteara la posibilidad de una economía sujeta a la vida y no la vida sujeta a la economía? ¿Cuáles serían las posibilidades de una ciencia y unas tecnologías no colocadas en intereses de mercado, sino en formas de comprensión de nuestra realidad en relación con lo que cohabita el mundo? Y no, tampoco se trata de creer en una “vuelta a un pasado mejor”. No existe tal cosa como un pasado ideal (o un futuro calculable y perfecto), pero sí la posibilidad de reflexión de nuestras condiciones temporales: posibilidad de interactuar con el pasado de manera crítica y con el futuro albergando más de una esperanza. Existe, creo, la posibilidad de pensarnos, fuera del capitalismo incluso cuando ese pensamiento ocurre, necesariamente, dentro de él. Basta con ponerse a ello. Nuestras puertas no estarán siempre cerradas como lo están ahora, ¿qué haremos al encontrarnos de nuevo bajo la luz?

 

Recuperado de: Revista CanCerbero

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Francisco de León

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[1] Quiero agradecer de antemano a Emilian Ortega, Bruno Ruiz, María María y Mario Fratta porque fueron ellos quienes no sólo me proporcionaron materiales indispensables, sino, sobre todo, divagaciones, reflexiones y diálogos más necesarios todavía para la construcción de este texto.

[2] Wells, H. G., La guerra de los mundos, traducción de Luis A. Jiménez, editorial Roca, México, 1979. P. 178.

[3] Veraza, Jorge, Leer el capital hoy (pasajes y problemas decisivos), editorial Ítaca, México, 2017. P. 27.

[4] Todos los entrecomillados, términos en mayúsculas y cursivas están en el texto original.

[5] Virilio, Paul, Ciudad Pánico: el afuera comienza aquí, editorial Libros del Zorzal, 2006, Buenos Aires, P. 40.

[6] https://m.washingtontimes.com/news/2020/jan/26/coronavirus-link-china-biowarfare-program-possible/ Última visita, marzo 20 de 2020.

[7] https://www.hispantv.com/noticias/opinion/451685/coronavirus-eeuu-china-guerra-biologica Última visita, marzo 22 de 2020.

[8] https://www.thelancet.com/action/showPdf?pii=S0140-6736%2820%2930418-9 Última visita, marzo 22 de 2020.

[9] https://www.thelancet.com/

[10] https://www.eldiario.es/sociedad/contra-alarmismo-coronavirus_0_1001599929.html Última visita, marzo 22 de 2020.

[11] Como la realizada en https://thebulletin.org/2020/03/why-do-politicians-keep-breathing-life-into-the-false-conspiracy-theory-that-the-coronavirus-is-a-bioweapon/ Última visita, marzo 23 de 2020.

[12] Butler, Judith, Sobre Coronavirus y poder: de Trump a la enfermedad de la desigualdad, publicado en https://www.lavaca.org/notas/el-capitalismo-tiene-sus-limites-la-mirada-de-judith-butler-sobre-el-coronavirus/ Última visita, marzo 23 de 2020.

[13] Wallace, Rob, Big farms make big flu, Monthly review press, New York, 2016.

[14] Acerca de este particular ahonda en la entrevista publicada en https://monthlyreview.org/press/who-should-we-blame-for-coronavirus-rob-wallace-has-some-answers/ Última visita, marzo 23 de 2020.

[15] Además de su libro y la ya mencionada entrevista radiofónica, se puede consultar la publicada en https://www.youtube.com/watch?v=vSIHpwWWvLY Última visita, marzo 23 de 2020.

[16] López Petit, Santiago, La movilización global: breve tratado para atacar la realidad, editorial Mapas, Madrid, 2009. P. 17.

[17] Deleuze, Gilles, El saber, curso sobre Foucault, Editorial Cactus, Buenos Aires, 2013. P. 66–67.

[18] Berardi, Franco «Bifo», en https://www.latempestad.mx/bifo-entrevista/?fbclid=IwAR3It22XISHcuHuzyKS_oOS47jkNZDUT6Ih5tp5Du3gJJ1kmD1buDnFc1wY Última visita, marzo 24 de 2020.

[19] Fernández-Savater, Amador, Habitar la excepción (pensamientos sin cuarentena (I), en http://lobosuelto.com/cuarentena-amador-savater/?fbclid=IwAR0mLESpDJZZIyqRKIMVGbedyaRpnLXjaOvT7KO5XRcCj1e5xBRtRCAinO4 Última visita, marzo 24 de 2020.

 

 


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